Crítica de cine: “Escapes de gas”, el sueño modernizador de la Unidad Popular evocado en imágenes.

22 de abril de 2015 09:30 PM

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Respaldado por su triunfo en el pasado Sanfic 2014 -donde obtuvo el Premio del Público a la Mejor Película, además de la Mención del Jurado-, este largometraje registra el origen del proyecto urbano y cultural más ambicioso del gobierno liderado por el ex Presidente Allende: la construcción del Unctad, un recinto diseñado y levantado en sólo 275 días (entre 1971 y 1972), con el objeto de organizar la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, efectuada aquel último año. En ese contexto, 34 artistas visuales y plásticos chilenos (desde Roberto Matta hasta Mario Irarrázaval), entregaron a precio módico sus obras para decorar el espacio: con la violenta irrupción del 11 de septiembre de 1973, empero, se rebautizaron las instalaciones y gran parte de los valiosos trabajos fueron robados, destruidos o hechos desaparecer, por las nuevas autoridades que se emplazaron en sus dependencias.

“Belleza, prolongación de lo infinito y cosa inútil, belleza, belleza, madre de la sabiduría, colosal lirio de aguas y humo, aguas y humo sobre un atardecer extraordinario como el nacimiento de un hombre. ¿Qué quieres conmigo, belleza, qué quieres conmigo?”.

Cuando en abril de 1972, el Presidente Salvador Allende inauguró el originalmente llamado edificio de la UNCTAD III (hoy GAM, y previamente conocido como “Diego Portales”), dijo, con la oratoria que le era acostumbrada, que esta realización arquitectónica -audaz y atrevida para la época-, era el aporte del pueblo chileno a la vida de una nueva etapa, a la que ingresaba por entonces la humanidad.

Y si uno bien lo mira, la ópera prima del joven Bruno Salas, algo tiene de ese fenómeno: atestiguar la existencia de un proyecto colectivo de nación, vigoroso y destellante por mil jornadas épicas, y ausente y muerto en el país de estos días, cualquiera sea su sello o corriente ideológica, menos la consigna del “sálvese quien pueda”.

En su esencia, Escapes de gas (2014) es un largometraje documental de investigación periodística, y como tal, sus 72 minutos de proyección son generosos en entrevistas y material de archivo, abusando quizás, demasiado, del primero de los recursos del género, tornándose difuso, por algunos pasajes de la cinta, el sentido interno del relato cinematográfico; el que se confunde con los límites de un extenso reportaje televisivo, antes bien que con los contornos de una película de cine, adscrita al formato señalado. Se echa de menos, sin duda, el uso de la voz en off (una variante que correctamente utilizada es siempre legítima y eficaz en este tipo de créditos), y una cámara que se mueva con mayor gracia descriptiva y libertad fotográfica.

Los cambios de giro narrativo y de tópicos argumentales, en efecto, que despliega el director en su filme, pecan de no hallarse consumados con la perfección de continuidad requerida, por lo menos, cuando se desea expresar un relato de esta magnitud y con esos detalles y pormenores tan trascendentales y cotidianos. Al principio, esa carencia técnica, uno piensa que se encuentra en el montaje, en un error de unir y atar cabos escénicos y temporales. Sin embargo, la falla que finalmente se aprecia, se debe a una debilidad en la riqueza que conforman los factores discursivos del guión: tanta entrevista, sin la pausa reflexiva necesaria, concluye por abrumar por momentos al “televidente” de turno, más aún si consideramos, que no todas las audiencias que se van a enfrentar hipotéticamente a Escapes de gas, poseen un conocimiento acabado (ni de lejos), del tema tratado y que inspira a la obra.

Por secuencias, faltan las identificaciones pertinentes y adecuadas de quienes hablan en las cuñas utilizadas y una información explicativa e indispensable, a fin de situar al espectador en la circunstancia sociopolítica y el contexto histórico, al que apela el realizador en su documental: la épica de la gesta de haber levantado el UNCTAD, es cierto, se palpa, se siente, pero por momentos no se observa, ni por ende se sopesa, con la fuerza necesaria en los cuadros elegidos por Bruno Salas en ese propósito. Una muestra: salvo al final del largometraje, la inserción del por qué la chimenea de Félix Maruenda (1942-2004) titula la obra, nunca se justifica plenamente, pues se pasa de relatar el origen del edificio, de la donación hecha por 34 artistas chilenos para su ornamentación, de su expolio y ocupación por la dictadura pinochetista y del incendio que afectó al recinto, el verano de 2006; pero, jamás, se entiende a cabalidad la importancia del artefacto ideado por el comprometido escultor, a fin de comprender la gesta colectiva que significó la construcción del edificio, y su símbolo como única herencia visible y real en la ciudad de Santiago, de los sueños de la mítica administración de la UP, encabezada por Salvador Allende Gossens.

El talento espontáneo de Salas, no obstante, en ciertos fotogramas, parece citar a los títulos de dos autores nacionales, que son un espejo obligado para los cineastas y reporteros que desean internarse en el acopio del pasado y en el rastreo de la historia patria, valiéndose de un imaginario audiovisual: a Patricio Guzmán y a Pedro Chaskel, me refiero.

Pese a esa rigidez vertebral, sin embargo, la obra cuenta con secuencias de notable belleza fílmica: cuando, por ejemplo, el anónimo obrero que participó en la construcción del recinto que después del Golpe, la Junta Militar rebautizó como Diego Portales (en honor al fundador de la llamada República Conservadora, del siglo XIX), se reconoce, en un breve encuadre, a metros del Presidente Allende; y esa imagen, esa emoción que se expresa en la conciencia de haber participado de un sueño auténtico y colectivo, subyuga el espacio de la habitación, el foco del lente, los ojos del contento personaje-entrevistado, y la postal de la armazón que ahora es el GAM, en un día soleado, 42 años después de que el derrocado mandatario socialista, inaugurara con un soberbio “tijeral” popular, la obra urbana que sería el legado cultural y edilicio para la capital, de su administración, concluido abruptamente, se confunden y se iluminan, con la magia de la ficción.

Después: ese mismo actor protagónico de un esfuerzo grupal –tanto como Nemesio Antúnez, Guillermo Núñez y Francisco Brugnoli- lanza un particular llamado: convoca a los desprevenidos espectadores del largometraje, a recuperar la escultórica chimenea diseñada por el fallecido artista plástico Félix Maruenda, porque una vez que se reinstale la funcional intervención, que conectaba al desaparecido comedor de la UNCTAD, con la intemperie, con el aire capitalino, bordeando la calzada norte de la Alameda por esa cuadra; nuevamente, entonces, podrán escucharse las voces, el bullicio y la salida de los gases, emanados por la cocina y esos hombres, cientos, que en menos de un año, levantaron piedra a viga, ese edificio, una muestra de la arquitectura de vanguardia, que junto a la unidad vecinal de las Torres San Borja, formaba un único y llamativo conjunto urbano, abierto a los transeúntes y a la ciudadanía, y no sólo a sus trabajadores o afortunados habitantes de turno.

Otro de los aciertos del documental: la música incidental compuesta por Marcelo Espíndola, en banda sonora de la pieza. Su estilo fresco y contemporáneo, constituye un motivo por sí solo dentro de los elementos escénicos del título. Así, desde el inicio, las percusiones de su atonalidad, acompañan eficazmente ese intento documental por exponer aquel logro simbólico del gobierno de la Unidad Popular: construir un recinto de esas magnitudes, en nada más que 275 días (entre 1971 y principios de 1972), para que Chile cumpliera con el encargo de organizar y hospedar a los representantes de los países que concurrieron a la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, celebrada durante los meses de abril y de mayo, de esa inolvidable temporada.

Se agradece la grabación de este documental, a un autor joven como Bruno Salas (Santiago, 1985), preocupado de un episodio fundamental en la biografía de este país (los dos años y medio de la UP, el espíritu y el compromiso creativo que invadió a Chile, y su trágica y criminal conclusión, son esenciales para comprender nuestra realidad actual como sociedad).

Además, que nos informa de las circunstancias de un robo artístico colosal infringido al patrimonio nacional, como lo son la desaparición sin paradero conocido hasta ahora, de algunas de las obras de los mayores artistas plásticos y visuales que tuvo Chile en el siglo XX (allí colaboraron, desinteresadamente en su ornamentación, los nombres y el prestigio de un Roberto Matta, de un Mario Irarrázaval, de una Gracia Barros y de un José Balmes, por citar), recordándonos una coyuntura delictiva que se agrega a los despojos sufridos, en su momento, por los jardines de la Alameda en su sector poniente, por el mobiliario del cerro Santa Lucía en la primera mitad de la centuria pasada, por el Teatro Municipal de Santiago a lo largo de su trayectoria y sucesivas remodelaciones, y al decorado del perímetro de la refaccionada Quinta Normal, en una artera costumbre, cuya silenciosa y sucesiva impunidad, reflejan la escasa preocupación existente en torno a la labor de nuestros artistas más connotados, por parte de los órganos del Estado.

Fuente: elmostrador.cl

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