Cultura + Ciudad

11 de febrero de 2015 08:00 PM

7 0

“¿Entonces lo que buscas aquí no es retirarte al silencio y la soledad, incluso a la belleza? Yo dije: Debes de estar loca”.

Junto a los nombres de Atom Egoyan, Denis Villeneuve y de Xavier Dolan, el de Jean-Marc Vallée (Montreal, 1963) representa un apellido más, de esos patronímicos que respaldan el buen momento artístico por el que atraviesa en estos días, la cinematografía canadiense. Así, lo que sigue ya se ha convertido en una regla: cada vez que concurrimos a observar un crédito de alguno de estos cuatro directores, podemos tener la casi certeza, de que a continuación, veremos proyectada sobre la pantalla, una película que se eleva sustancialmente por arriba del adjetivo “regular”.

En su octavo largometraje de ficción, Vallée, el hombre detrás de la cámara de las recordadas C.R.A.Z.Y. (2005), The Young Victoria (2009) y Dallas Buyers Club (2013), regresa a nuestras salas, en la previa de los Oscar 2015, con Alma salvaje (Wild, 2014), una cinta que basada en el texto autobiográfico Wild: From Lost to Found on the Pacific Crest Trail (editado con el título de Salvaje, a secas, en castellano), de la escritora y senderista estadounidense Cheryl Strayed (1968); se encuentra estelarizado por la actriz norteamericana Reese Witherspoon, quien además compite -gracias a su papel en este filme- por el premio de la Academia hollywoodense a la mejor intérprete principal, reconocimiento que será entregado dentro de las próximas semanas.

La historia es más o menos la siguiente. En 1995, es decir cuando tenía cerca de veintiocho años, Strayed se puso las botas de escaladora, y comenzó a caminar la llamada ruta “Sendero del Macizo del Pacífico” (Pacific Crest Trail, en inglés); un trayecto por las montañas, ubicadas a través de toda la costa oeste del país del norte, entre sus límites fronterizos con México y Canadá, es decir: un arduo itinerario de cerca de 4 mil kilómetros de distancia, que cruza por disímiles climas y tipos de terreno. Según lo que relata en su libro, la mujer demoró 94 días en llegar a la meta.

El traslado de esa crónica con ambiciones literarias, hacia los parámetros y reglas de un guión cinematográfico, lo efectuó el narrador y libretita británico Nick Hornby (1957), el laureado autor de novelas como Alta fidelidad (ficción que inspiró la película protagonizada por John Cusack), Un gran chico y Fiebre en las gradas. La adaptación es de una exquisita estructura y calidad técnica, y extraña que el creador inglés no esté, ni tampoco haya estado, ni entre los talentos que pelearon por el galvano del género en los Globos de Oro, ni menos en la avanzada que ahora lucha, para ganarse la estatuilla del Oscar en la categoría. Curiosidades del circuito fílmico angloparlante, sin duda.

Una de las matrices temáticas del cine de Jean-Marc Vallée, es que los personajes de sus largometrajes sufren diversos cambios de orden espiritual y físico, en unos trastornos que se manifiestan tanto en el aspecto propiamente visual, como en el estrictamente dramático. En Dallas Buyers Club, por ejemplo, el carácter psicológico y el aspecto exterior de su protagonista (el inventado cowboy Ron Woodroof), padecen un severo giro, luego de que éste se entera, en plena década de los ’80, que ha contraído el mortal virus del Sida, y que el día de su muerte, se haya marcado con una fecha predecible y algo fijada para él.

A la rubia Cheryl (Reese Witherspoon), en Alma salvaje, le acontece una situación similar, le ocurre un hecho biográfico con un aroma a “trauma”, un suceso que le impulsa a buscar con premura una frecuencia inaudita, otro sonido para escuchar la música de fondo de su vida. Después de que su madre (Laura Dern) ha muerto, la mujer se derrumba emocionalmente, y se arrastra por una especie de ansiedad autodestructiva: se transforma en una adicta a la heroína y al sexo casual, acto este último, que lleva a cabo con cualquier hombre que se lo solicite.

Siendo una mujer de pareja “estable”, casada, su matrimonio se rompe irreparablemente a causa de las descritas infidelidades. Los encuentros íntimos desenfrenados, no obstante, le pasan también otra factura: al interior de su cuerpo, quizás, empiece a gestarse un embrión de padre desconocido. Esa es la circunstancia previa, el antecedente del que será ese viaje por las montañas, un recorrido con el que Cheryl Strayed perseguirá una suerte de “renacimiento”, y la inauguración de una fase mejor y más plena para ella.

La lograda narración audiovisual (que enfoca a Reese Witherspoon desde planos variados, en una bellísima fotografía), se mezcla con citas en off, de algunos literatos estadounidenses: de los poetas Emily Dickinson, Walt Whitman y Robert Frost, y de la novelista y cuentista, Flannery O’Connor. Así, y mientras Cheryl avanza en un sendero con una puesta en escena imponente y poderosa, se suceden un conjunto de flashbacks (allí aparecen el papel encarnado por Laura Dern y su tragedia, sin ir más lejos), en un montaje que nos ilustra y explica, los nudos dramáticos que empujaron a la mujer a planear esa búsqueda de sí misma.

El estilo cinematográfico evidenciado por las secuencias de Vallée, la trama del argumento, y los parajes naturales que acompañan en su soledad, a la improvisada montañista, indican un homenaje con foco directo: a Into the Wild (2007), el soberbio largometraje de Sean Penn (el mejor a su haber), y que se apoyó en su realización sobre la historia y los apuntes dejados por el joven filósofo y aventurero, Christopher McCandless.

Mencionada la comparación, la obra del canadiense está lejos de salir mal parada. Pero en ese motivo del cambio, que se expresa en todas las facetas de un sujeto dramático, la referencia a la etapa de la filmografía del italiano Michelangelo Antonioni, la que se forja a partir de La aventura (1960), resulta notoria.

Esa tesis la deslizamos en estas líneas, primero, por aquel tópico de la permutación oculta y visible que se apodera del rol principal, y segundo, por la mirada de corte documentalista, en torno a la realidad circundante, que adopta acá el lente de la cámara. Y que en el caso concreto del director nacido en Montreal, se esfuerza por exhibir a la protagonista –subyugada bajo la desesperación y la necesidad de redención-, inserta y en comunión, con el viento y el ambiente desocupado, tal vez peligroso, y lleno de posibles amenazas, de la agreste y “natural” puesta en escena.

La actuación de Reese Witherspoon, asimismo, demuestra la versatilidad de sus registros y características interpretativas. Desde su participación en cintas tan absurdas como Legalmente rubia (2001), hasta llegar a su rol en Walk the Line (de 2005 y cuyo desempeño le otorgó el Oscar a la mejor actriz principal del año siguiente), y luego alcanzar esta sensible y fascinante personificación en Alma salvaje.

¿Se granjeará nuevamente la codiciada estatuilla? No sería un despropósito pensarlo, para nada, pero al frente tiene a la Julianne Moore de Siempre Alicia (Still Alice, 2014), la que arriba a su favor, con todos los pronósticos de vencer; y quien acompaña en el presente filme a Witherspoon, Laura Dern, tampoco vislumbra el horizonte llano y despejado en la pelea por quedarse con el premio a la mejor intérprete secundaria, pues se bate, en ese round tan importante como el anterior, con la Keira Knightley de El código enigma, y con la Emma Stone, de Birdman. Una frase hecha, sin embargo, reza: “con la Academia de Hollywood, nunca se sabe”.

Fuente: elmostrador.cl

A la página de categoría

Loading...