Opinión: Despedida personal para Eduardo Galeano

14 de abril de 2015 09:00 AM

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“Las venas abiertas de América Latina”: qué gran libro. Lo siento, estimado Eduardo, discrepo contigo cuando, últimamente, te retractaban, o le bajabas el perfil, o algo así, a esta obra maestra. Como todo libro inmortal, está escrito con sangre, sudor y lágrimas. ¿Datos falsos? ¿Inventos? No sé, ni me importa. Lo que sí me importa es que dice una gran verdad: que entre los gringos y nuestras oligarquías criollas se han jodido a nuestros pueblos por demasiado tiempo.

Así que es cierto. Los hombres se mueren. Los vemos desfilar ante nuestros ojos, reírse con nosotros una noche en un bar, y un día mueren. Se van. Desaparecen.

Se fue Galeano. Cierto, nos quedan sus libros. Como ocurre cada vez, con él se va un mundo, una época, una historia, para siempre. Gracias a él, algo alcancé a agarrar de eso, de una era de leyenda que no volverá. Llegué tarde, cuando ya estaba terminando, pero él me contó los pormenores. O algunos. Memoria histórica, le dicen.

“Las venas abiertas de América Latina”: qué gran libro. Lo siento, estimado Eduardo, discrepo contigo cuando, últimamente, te retractabas, o le bajabas el perfil, o algo así, a esta obra maestra tuya. Como todo libro inmortal, está escrito con sangre, sudor y lágrimas. ¿Datos falsos? ¿Inventos? No sé, ni me importa. Lo que sí me importa es que dice una gran verdad: que entre los gringos y nuestras oligarquías criollas se han jodido a nuestros pueblos por demasiado tiempo. ¿Es eso mentira, Vargas Llosa? Ándate a la concha de tu madre, Vargas Llosa.

El libro lo leí en 1989, en Berlín Oriental, a los 13 años, en la casa de Wilson, un médico que era el compañero de mi madre. Cuando lo terminé, tenía ganas de salir a quemar una micro. O un tranvía. No se podía. Era el socialismo. Me quedé en casa. Así que ésa la historia de mi continente, de nosotros, los latinoamericanos. Así que eso explicaba, entre otros, por qué yo estaba allí, nacido en otra cultura, hablando otro idioma, lejos de mi gente. Me inundó una intranquilidad, una furia, una pena, una rabia, que nunca se fueron.

En 1990 llegué a Chile, de vuelta del exilio. Comenzaban los horribles 90, esa década nefasta. Perdidos en la noche, a la deriva en un barco en mitad del mar, sin brújula, escondidos en una cueva en el monte mientras el neoliberalismo arrasaba con todo, hubo libros que alumbraron, me salvaron, a mí y a los pocos sobrevivientes. Uno de ellos fue “Días y noches de amor y de guerra”. Si “Las venas abiertas” era pura razón, “Días y noches” fue puro amor. Puro corazón.

Fue así: yo tenía 16 años. Estaba en casa de Luis Rojas, mi profesor de Historia, que aún tenía veintitantos y el pelo tan largo como se lo dejaban tener en nuestro colegio. Él vivía en el centro, en ese departamento de Catedral con la Panamericana, con la Mónica. Matías era una guagua o no existía. Mirando en su biblioteca saqué esa obra salpicada de historias, de cortometrajes literarios, que me llevaban de vuelta a la época de los nazis (“Verano del 42”), a los años de plomo en Argentina (“El petróleo es un tema fatal”), a esa Buenos Aires de la que, muchos años después, me enamoraría a tal punto de instalarme por casi una década (“El árbol vuela”), a su propia infancia (“El sistema”).

Me mató. Lo pedí prestado, lo compré en San Diego, en una edición pirata, de portada celeste, con él en la portada. Lo leí, lo releí muchas veces, también en otras casas de gente que conocí… si estaba en la casa de alguien, en la biblioteca de alguien, era una señal. Definitivamente. Lo comprobé.

Dos años después lo vi en vivo. Era 1994, marzo o abril, y acababa de entrar a estudiar Periodismo a la Usach. Por la mañana fui al entierro de Erich Honecker (sí, te reivindico Honecker, duela a quien le duela, gracias por lo que hiciste por nosotros, los chilenos, que andábamos arrancando de una dictadura genocida y recibimos tu refugio). Por la tarde, ese mismo día, en el Arcis, en un auditorio repleto, vi a Galeano. No cabía un alfiler. La gente colgaba de las escaleras. Ahí lo escuchamos. Vaya contraste. La muerte y la vida. La pena y la esperanza. De la mano.

Un año después, lo volví a ver, esta vez en un escenario totalmente diferente: el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá. Había congelado Periodismo y me había ido a Colombia a vivir un año con mi viejo, asqueado de mi país.

No sé si fui a esa charla con alguien o estaba solo. Tampoco recuerdo qué leyó Galeano. Lo que sí recuerdo es que en mitad de la presentación se subieron al escenario unos tipos encapuchados, con armas cortas, para desplegar una bandera y pedirle “al compañero Galeano” unos minutos de permiso para leer una proclama. Él, sin mucho margen, accedió. Yo miraba alrededor, aterrado, calculaba adonde tirarme si en ese momento entraba la policía y se desataba la balacera, pero no pasó nada. La gente seguía como si nada, con una tranquilidad pasmosa, un poco como los chilenos cuando tiembla mientras los europeos de visita empalidecen. En fin. Los tipos se bajaron y Galeano se mostró algo molesto, dijo algo así como que ésa no era forma, o algo así.

Pasaron los años. Seguí leyendo sus libros, en fotocopias, prestados por amigos. “Memorias del fuego”. “Las palabras andantes”. “Úselo y tírelo”. “El fútbol a sol y sombra”. “Patas arriba”. En 2003 fui con una novia a Porto Alegre, al Foro Social Mundial, y allá vimos a Galeano en un pequeño recinto parecido al Estadio Chile. Allí hubo emoción con cada palabra suya, lo aclamamos como a una estrella de rock, leía un texto y los cinco o siete mil u ocho mil que éramos aplaudíamos al unísono, y leía otro texto y volvíamos a aplaudir, y leía otro y así, de texto en texto, de aplauso rabioso, amoroso, al unísono, a aplauso rabioso, amoroso, al unísono.

Hasta hoy. Hoy que mi esposa me dice en el celular que murió Galeano. Murió el hombre, una inspiración para mí, a nivel literario al menos. Qué importa que un colombiano que conocí alguna vez, y que lo conoció en los años del exilio en Madrid, me haya dicho que era soberbio. Me da lo mismo. Ahí están sus libros. Nuestros descendientes sabrán que en el siglo XX hubo un hombre digno en esta tierra tan maltratada, uno que supo conectarnos a los latinoamericanos, enseñarnos que éramos hermanos, como cuenta en “Entró al año nuevo en un tren vacío de gente”, esa historia protagonizada por un chileno en el exilio parisino en 1976. Está en “Días y noches”.

Fuente: elmostrador.cl

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